Javier Duarte de Ochoa esposado, con chaleco antibalas, los lentes en la punta de la nariz amenazando caer, pálido, basculado por custodios y un enjambre de periodistas…

 

Ésas fueron algunas de las escenas que vimos transmitidas ayer, en vivo, por distintos medios de comunicación (Foro TV y el Financiero Bloomberg, entre otros).

 

Poco quedaba del jactancioso ex gobernador de Veracruz, del que lanzaba risotadas y hacía bromas sin parar, del que vimos todavía sonreír el sábado pasado, luego de que lo detuvieron en Panajachel, una zona turística de Guatemala, situada a orillas del lago Atitlán.

 

Ayer, en cambio, en la Torre de Tribunales de la capital guatemalteca, Javier Duarte lucía preocupado, atribulado. Mortificado, incluso. Lo más que lograba eran muecas.

 

Nada quería responder. En distintas ocasiones vimos cómo, los labios completamente sellados, negaba con movimientos del rostro –a derecha e izquierda- a preguntas de sus custodios.
Por momentos daba la impresión de estar en otro lado, fugado de sí mismo, hasta que gritos y empujones lo devolvían a la realidad, a la pesadilla que durante seis meses y seis días (lapso de su fuga) buscó evitar.

 

¿Qué pensaría Duarte en aquellos momentos en que aguardaba su audiencia y a un abogado de oficio?
Difícil saberlo.

 

Sólo valga decir que esas escenas –tanto para el propio ex gobernador veracruzano, como para nuestro país, México-, resultaban vergonzosas, tristes, penosas.

 

¿HUBO PACTO CON DUARTE?- Las opiniones están divididas. Incluso las versiones de aquéllos que tienen acceso a información de las áreas de inteligencia.

 

Una de las versiones que nosotros recibimos apunta así: el Gobierno mexicano sí sabía, desde hace meses –de hecho, hay quienes piensan que nunca le perdieron la pista-, dónde se encontraba Javier Duarte.

 

Aguardaban, según estas versiones, hallar los vínculos más importantes del ex gobernador de Veracruz. Dejaban que se abrieran y se manifestaran, pero no hallaban el momento propicio para detenerlo. Realmente, no sabían –no lograban medir- cuándo hacerlo.

 

Fue hasta que la familia entera decidió emprender el viaje para encontrarse con Duarte, que las autoridades mexicanas decidieron aprovechar el momento para echarle ahora sí el guante.

 

¿Pacto? “Tácito, al menos”, indican.

 

Elegir el camino de la extradición –acotando así los delitos a juzgar a Duarte y llevando la decisión del asunto hasta después de las elecciones de junio próximo- sería la manera del Gobierno mexicano de brindar protección, en lo que cabe, a quien fue uno de los políticos que más apoyó a Enrique Peña Nieto.

 

Por ello es probable, explican, que el veracruzano no se allane a la extradición: “para hacer tiempo”.
OCHOA, EN MORELIA; NO EN CANCÚN.- Que el dirigente nacional del PRI, Enrique Ochoa, no se fue de vacaciones a Cancún en los días santos (jueves, viernes, sábado o domingo pasados), sino a Morelia, su tierra. Con su familia.

 

Así nos lo hace saber su vocero, Jorge Alberto Pérez Zamudio. Además, asegura, el presidente del PRI tuvo por ahí algunas reuniones de trabajo privadas (aunque no especificó cuáles).

 

GEMAS. Obsequio de Javier Duarte: “No puedo allanarme. Me reservo el derecho hasta que llegue la solicitud formal (de extradición) del Gobierno mexicano”.