Lunes 1 de Septiembre, 2014
Albert Camus admitió célebremente su deuda con el futbol para todo lo que había logrado saber sobre la moral humana. Aquí, admitimos humildemente la intención de usar este deporte para descifrar realidades, penetrar culturas y entender historias. Tal vez con el balón como medio de transporte para cruzar fronteras, algo más comprenderemos al margen de la pasión que sus goles suponen.
Alberto Lati

Drogba. El futbolista que acabó una guerra

La imagen de su poderosa figura destrozando defensas y fulminando redes es patrimonio del futbol… Pero su significado va muchísimo más allá. Acaso, diría yo, lo convierte en un jugador único en la historia.

 

Finalmente, ¿cuántos cracks lograron terminar con una guerra? ¿Cuántos pueden saber que, goles al margen, salvaron cientos de vidas, reconstruyeron un pueblo roto? ¿Cuántos, de hecho, han tenido la entereza moral para guiar a la paz a un pueblo?

 

La historia de Didier Drogba siempre estará marcada por el día en que su selección se clasificó a la Copa del Mundo de Alemania 2006: 8 de octubre del 2005. Consumada la primera calificación mundialista en la historia de Costa de Marfil, los jugadores celebraban en el vestuario; entonces, el goleador notó la presencia de televisión en vivo y descubrió la mágica oportunidad: cual si fuera un balón botando en el área, Drogba no podía desaprovechar semejante ocasión. En cuanto serenó los gritos de sus compañeros, comenzó a hablar solemne a la cámara: “Marfileños y marfileñas… Del norte y del sur, del centro y del oeste… Hemos demostrado hoy que todos los marfileños podemos coexistir y jugar juntos con un sueño en común: calificar al Mundial. Nos hemos prometido que el festejo unirá a nuestro pueblo. Hoy, les rogamos, de rodillas…” (Y en ese momento, todos siguieron su ejemplo y el del defensa Kolo Touré, arrodillándose en el vestuario). “¡Perdonen! ¡Perdonen! ¡Perdonen! Somos un solo país en África, tenemos tantas riquezas, no podemos caer en guerras así. Por favor, bajen sus armas. Hagan elecciones, organicen elecciones, y todo estará mejor”. Ahí se pusieron de pie y comenzaron con un cántico que se convertiría en símbolo de la reconciliación de Costa de Marfil: “¡Queremos divertirnos, entonces dejen de disparar sus armas! “¡Queremos jugar futbol, entonces dejen de disparar sus armas! ¡Hay sangre, pero los malis, los bete, los dioula…! ¡Ya no queremos esto! ¡No somos xenófobos, somos amables! ¡No queremos fuego! ¡No queremos esto otra vez!”

 

La guerra civil marfileña se había prolongado por más de cuatro años dejando miles de muertos. En el preciso instante del discurso de Drogba, las negociaciones se habían caído y las elecciones cancelado. Los analistas coinciden en que sin su llamado por la paz, el conflicto hubiera vuelto a agudizarse, pero todo lo contrario: ahí comenzó a sanar. En sus improvisadas palabras, Didier tuvo la inteligencia de dirigirse a cada región del país y de mencionar a diferentes etnias, en suplicar se perdonaran unos a otros. Él solo, él y sus goles, él y su presencia, solucionando décadas de rencor desde que el hombre blanco decidió poner irresponsables líneas al mapa africano, separando a quienes siempre habían estado juntos y uniendo a quienes nada tenían en común (más que el afán de disputar el poder e imponer su hegemonía).

 

Drogba no se conformó con eso. En el 2007 convenció al presidente de Costa de Marfil de cruzar a territorio rebelde, con el pretexto de compartir también con el norte de Costa de Marfil su recién ganado Balón de Oro africano. Las multitudes se agolpaban contra el avión para aclamar al astro deportivo convertido en héroe de la reconciliación. Lágrimas, risas, abrazos, y un sorpresivo anuncio de Didier: la selección marfileña jugaría en dos meses en el norte del país. Para cuando llegó el partido contra Madagascar, la apuesta era todavía mayor: juntó al presidente y al líder de los rebeldes; por si quedaba duda a los políticos, todavía se atrevió a decir ante la cámara: “seguramente querrán enviar un mensaje”. Al otro día de la victoria marfileña, gol de Drogba incluido, un periódico clamaba: “cinco goles para borrar cinco años de guerra”.

 

Por mucha voluntad que el futbol tenga, el camino no ha sido fácil. Yaya Touré, nacido en el norte, se sigue quejando de ser abucheado cuando la selección juega en la capital Abidjan. En el 2011, además, hubo un rebrote de esta guerra civil.

 

Sin embargo, el veterano delantero que este miércoles enfrenta a México, tiene algo claro: ha impactado de la mejor de las maneras en la vida de sus compatriotas. Sí, con victorias. Sí, con orgullo nacional derivado del deporte. Sí, con lances técnicos. Pero, por encima de todo, con su rol como pacificador de una nación.

 

Pelé logró que una guerrilla en Nigeria decretara tregua de dos días cuando disputó ahí un partido de exhibición. Drogba ha conseguido que toda una guerra civil termine. Motivo suficiente para que no tengamos duda en señalarlo como un futbolista único.