¿Cuántas veces hemos rozado una guerra después de la segunda Gran Contienda Mundial de 1945? Recuerdo varias. Al principio de los 60, la antigua Unión Soviética con Cuba amenazó con misiles nucleares a Estados Unidos.
Los problemas de Medio Oriente han estado a punto de crear conflictos mundiales. La invasión de Irak a Kuwait el 2 de agosto de 1990 acarició una guerra a gran escala. Lo mismo la segunda guerra del Pérsico en el año 2003, cuando Estados Unidos y los países aliados acabaron con el régimen de Saddam Hussein. Y, de nuevo, muchas naciones musulmanas rozaron la idea de otro conflicto mayor.

 

 
El régimen del talibán y la pesadilla que supuso el terrorista más perseguido del mundo, Osama bin Laden, también involucró a países como Pakistán, que tienen sobrado armamento nuclear.

 

 
Pero es la primera vez desde 1945 que percibimos en el cogote un aliento frío, de terror. Tal vez porque hemos tenido la aventura de no vivir nunca una guerra y menos a gran escala. Pero conviene recordar que ése ha sido un mundo idílico que no es el habitual.

 

 
A lo largo de la historia, el ser humano ha vivido para guerrear. Es lo único que sabía hacer. Bien por la religión, por los territorios, por la economía, por hambre o por ansias de libertad o por todo al mismo tiempo. Lo cierto es que en el ADN del ser humano está rubricado, de manera indeleble, el guerrear.

 

 
Estos 80 años de paz han sido un regalo para la humanidad. Pero nada es para siempre. No con ello quiero decir que pueda comenzar una guerra a gran escala, pero no es, de ninguna manera, descartable.

 

 
En el tablero de ajedrez tenemos muchos actores. Pero hay dos principales: el norcoreano Kim Jong-un y el estadounidense Donaldo Trump.

 

 
Ambos tienen muchas similitudes. Los dos son dueños y señores –bueno, Donaldo bastante menos porque por fortuna le auditan desde jueces hasta sus adversarios políticos, además de los influyentes lobbies-. Los dos son iguales de vehementes. Los dos son gallos de pelea que enseñan quién tiene los espolones más afilados; y los dos son de gatillo fácil, disponen del botón rojo.

 

 
El resto de los actores, Rusia, China, Siria, Irán, Turquía, la Unión Europea o Naciones Unidas, están tomando posiciones y se van preparando mientras agotan las vías diplomáticas que son las únicas que pueden resolver este inextricable asunto.

 

 
El norcoreano lanza misiles a diestra y siniestra mordiendo la cola del león Trump. Lo malo es que Donaldo tiene la mecha muy corta. No en vano ya está a las puertas de las aguas de Corea del Norte, con todo un despliegue naval-nuclear para enseñarle los dientes al Presidente norcoreano.

 

 
Por eso es ahora cuando hay que actuar con seguridad. Es ahora cuando vamos a ver qué tan buenos estadistas son los gobernantes.

 

 
El planeta está aguantando la respiración en un momento tan delicado que un paso mal dado puede representar una guerra total, una guerra que involucre directa e indirectamente a todos. Sería una guerra que jamás habríamos conocido porque no sería convencional. Una escala bélica con miles de millones de átomos explotando al mismo tiempo con gas sarín o mostaza sofisticados y adaptados al siglo XXI.

 

 
Sigamos conteniendo la respiración y esperemos que prevalezca la sensatez.