La muerte de un menor en Tamaulipas, a consecuencia de los golpes provocados por cuatro de sus compañeros de secundaria, inquieta a la opinión pública respecto de lo que hay detrás de este fenómeno que, a simple vista, parece incrementarse.

 

La palabra Bullying (de bully, matón o pendenciero en modismo o caló en inglés) sirve para designar las agresiones físicas, verbales o psicológicas que un o una estudiante o un grupo de ellos infligen en otro o a otros, que invariablemente violenta las relaciones sociales del entorno y que provoca, a la larga, el deterioro psicológico y moral tanto de las víctimas como de los agresores. En algunos casos la violencia ejercida lleva a la muerte o al suicidio de las víctimas.

 

En estudios llevados a cabo en 2010 y 2013, así como el boletín médico No. 3, vol. 68 del Hospital Infantil de México (mayo/junio de 2011) elaborados entre otros por Gómez Nashiki, Salgado Lévano, Joffre-Velázquez, Romo Caballero, García Maldonado y Villasana Guerra, muestra ciertas características que se dan en más de 90% de los casos de acoso o bullying estudiados. Una de estas constantes es la crueldad con que son ejecutadas tales agresiones. Pero, ¿dónde y cómo se genera esta crueldad? Estos estudios indican que la fuente es el miedo y el lugar es el corazón mismo de la sociedad: la familia.

 

Durante la II Guerra Mundial la humanidad conoció actos de la más deleznable naturaleza, que nos llenó de oprobio como especie. Filósofos e intelectuales, como Martin Heidegger y Primo Levi, cada cual en las antípodas de drama provocado por el nazi-fascismo, pudo comprender la mortal pulsión del género humano. Heidegger mismo se afilió al partido nazi; desde ahí fue capaz de pensar el proceso deshumanizante que propician toda forma de discriminación y los crímenes de odio: Fundado en el pensamiento de Hegel, para quien el otro es siempre una amenaza de muerte, Heidegger descubre en las minorías, en aquellos que son diferentes a la norma preponderante, la fuente de las peores amenazas.

 

Así, cuando lo normado encuentra a una minoría sobre la cual cebar sus miedos, por ejemplo: judíos, brujas, homosexuales, negros o los que gustan de tomar la sopa de pie (el pretexto es lo de menos), lo primero que ocurre es que las víctimas pierden su humanidad. En el caso del búlin escolar, las víctimas reciben primero un apodo en lugar de su nombre. Éste es, con frecuencia, el primer aviso.

 

Primo Levi sufrió en carne propia las atrocidades de los campos de exterminio nazis, pero además descubrió en ellos una espeluznante zona gris en la que los más crueles ejecutores de judíos, ¡eran los propios judíos designados como policías internos en las barracas!

 

Algo semejante ocurría en esos otros campos de exterminio, que operaron durante mucho más tiempo que los nazis y de los que se habla tan poco, como lo fueron las plantaciones esclavistas en Estados Unidos, o sus vertientes iberoamericanas, las encomiendas y las haciendas, donde los negros criados de casa o los indígenas capataces superaban en crueldad a los amos blancos.

 

Es en la casa de las víctimas del búlin, donde éstas son literalmente preparadas por sus familiares para soportar las vejaciones venideras. Ahora bien, ¿qué alimenta el miedo o la fobia hacia las minorías, hacia lo diferente? La respuesta es la ignorancia. Tanto más bajo es el nivel cultural (ojo, nada tiene que ver el nivel económico) de una familia, tanto más vulnerable se está para actuar motivados por el miedo. La cadena, pues, se ata así: la ignorancia exacerba el miedo, y éste, la crueldad.

 

Científicos como el Nobel de Economía Gary Becker señalan una relación muy cerrada entre las tensiones que provocan procesos mundiales como la globalización en los estados nacionales, cuya expresión más visible es la violencia económica o desigualdad social, con toda una larga cadena de eslabones entre los que se cuentan: corrupción política, violencia física, ilegalidad, inseguridad, discriminación, abusos (trata de personas, explotación de migrantes, etcétera) y todo tipo de discriminación y crímenes de odio (feminicidios, homofobia, etcétera).

 

Hasta 2012, según reportes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en México 11% de los estudiantes en primaria era había sufrido algún tipo de maltrato, amenazas, acoso o búlin escolar, mientras que en secundaria, alcanzaba 7%. Por su parte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), señaló a nuestro país como el número 1 en búlin a nivel secundaria, en un mundo con al menos 18 millones de jóvenes afectados.

 

Y mientras el titular del Ejecutivo federal prometió acciones directas para promover políticas públicas que definan un protocolo nacional o la promulgación de leyes locales para combatir el búlin (actualmente solo las hay en Nayarit, Puebla, Tamaulipas, Veracruz y el Distrito Federal), en estos precisos momentos, en alguna parte de México, algún niño o niña está siendo víctima o es victimario de esta deplorable práctica.