La ciudad más transparente… no es la Ciudad de México

 

Muchos, muy diversos y severos problemas aquejan a nuestra urbe. A algunos nos parece que no tienen solución a la vista y eso nos preocupa doblemente.

 

Sin embargo, el jefe de Gobierno y sus colaboradores no dan muestra de percatarse de ello y sonríen como si ellos disfrutaran de una metrópoli distinta y distante, quizá como la de las maravillas del famoso cuento de Alicia. Ellos no parecen resentir las dificultades y problemas que a todos los demás nos aquejan, como la creciente inseguridad, el desempleo y sus consecuencias de desigualdad y malestar, la economía informal y subterránea que avanzan, el espantoso crecimiento urbano desordenado y sin control, la cada vez mayor escasez de espacios verdes y sitios de esparcimiento públicos y gratuitos, la conversión de la ciudad en área de pequeños y grandes centros comerciales, los ambulantes que proliferan y un largo etcétera.

 

Tampoco parecen advertir la aberrante corrupción que nos corroe y mina todas las actividades de la metrópoli, como cáncer que se extiende sin conmiseración.

 

La sonrisa del jefe de Gobierno y su mirada perdida en el espacio ¿deberían tranquilizarnos? o es que ¿acaso él sabe algo que los ciudadanos de a pie no conocemos y que nos haría mejorar nuestro humor y nuestras expectativas?

 

A principios de este mes compareció ante la Asamblea Legislativa la secretaria de Medio Ambiente del DF (todavía se llama así en las leyes correspondientes); su discurso y respuestas a los diputados no parecen haber tomado nota de la gravedad de lo que ocurre con el deterioro de los recursos naturales de la urbe, comenzando por el agua. Y qué decir de la calidad del aire, cuyos índices de ozono y de partículas suspendidas han registrado indicadores no vistos en los últimos 10 años.

 

Poco o nada han servido las medidas a que se refiere la secretaria para mejorar el aire que respiramos los capitalinos. Sus encuentros con su homólogo del Estado de México tampoco han mostrado nuevos cauces de solución. Ni qué decir de las absurdas acusaciones mediáticas del gobierno de la ciudad hacia su vecino y hacia las autoridades federales. Nada de eso resuelve los problemas reales de contaminación.

 

Frecuentemente escuchamos quejas de los vecinos que aluden a la tala inmoderada de árboles, que las autoridades locales dicen que se reponen, sin que nos conste. Esa tala en ocasiones se debe al trazo de nuevas obras viales para facilitar el tránsito de vehículos automotores, lo cual contribuye aún más a la contaminación.

 

La señora secretaria, en su comparecencia, dijo que se han obtenido avances importantes en la calidad del aire: tercos capitalinos que no los notamos. Asentó que la mayoría de los contaminantes se mantienen en los límites establecidos por las normas oficiales mexicanas, y que se ha logrado reducir 75% en la concentración de dióxido de azufre y 68% en el caso del monóxido de carbono, ¿será?

 

Lamentablemente esas aseveraciones no se reflejan en lo que percibimos y tampoco en datos internacionales como el índice Tom Tom, referido a medir el tránsito en 295 ciudades del mundo, datos que indican que la Ciudad de México es la más congestionada del mundo, lo que significa mayor tránsito de autos y, por ende, mayor contaminación y deterioro de la salud. El índice Tom Tom refiere que los habitantes de esta urbe pasan 57 minutos extra al día en el tráfico, lo que se traduce en 219 horas al año, si se toma en cuenta los 230 días laborables.

 

Recientemente, en la vasta discusión sobre las causas de las contingencias, fases I y II, y las consecuentes medidas del “Hoy No Circula”, se afirmó que en estos fenómenos estaba incidiendo el nuevo reglamento de tránsito de la ciudad, dado que restringe drásticamente los límites de velocidad permitidos. Pero, a esto podemos añadir la inmensa cantidad de topes, baches, zanjas y otros obstáculos, así como los cierres arbitrarios y no avisados de calles y avenidas o también los nuevos obstáculos que se oponen a una circulación directa, con conos, postes y otros estorbos, que además de feos deben ser caros y, por lo tanto, negocio jugoso de alguien.

 

Para colmo, existe corrupción en los verificentros, donde podemos encontrar desde dispositivos que alteran el funcionamiento normal del sistema de verificación, hasta fallas en los sistemas neumáticos y de calibración de gases; manipulación de pruebas por parte de trabajadores y también personal solicitando cobros no autorizados para otorgar hologramas que no corresponden a las emisiones de los vehículos que se están verificando.

 

En fin, los capitalinos padecemos problemas administrativos, de falta de coordinación entre autoridades de distintos niveles, cambios de normatividad, corrupción y más, todo lo cual incide en pérdida de salud y de eficiencia en la principal metrópoli del país.

 

¿Hasta cuándo?

 

¿Será también materia a revisar por la Asamblea Constituyente de nuestra sufrida ciudad? o ¿seguiremos hablando de derecho a un medio ambiente sano sin determinar a quién le toca la responsabilidad de cumplirlo?