Colocados alrededor de Andrés Manuel López Obrador y su petición de renuncia de todo aquel que se le interponga en su ambición de poder, el país está viviendo el retorno de los brujos del viejo régimen.

 

Como vienen de la hibernación en una oposición decreciente, su formación política se ha quedado en el pasado: por eso piden un jurídicamente inexistente referéndum sobre la revocación del mandato presidencial que no es sino una confirmación de populismos tipo latinoamericano.

 

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Pero eso es lo de menos. Lo importante es ver a los ex priistas López Obrador, Manuel Bartlett y Porfirio Muñoz Ledo junto al panrredista Javier Corral y al apestado Gerardo Fernández Noroña, todos juntos montados en la revocación del mandato con calificativos de fin del mundo contra el gobierno del presidente Peña Nieto.

 

Pero por la edad y por algún virus político, todos padecen de una cómoda amnesia: el panrredista Corral se hace el distraído de cuando exigió y logró que en Chihuahua echaran de un programa de radio al académico Samuel Schmidt por denunciar corrupción.

 

Bartlett también mira hacia otro lado cuando defiende la libertad de expresión en el caso Aristegui y quiere olvidar cuando usó su poder como secretario de Gobernación para despojar del grupo Impacto a Mario Sojo Acosta y cuando mando a José Antonio Zorrilla Pérez, todopoderoso director de la Federal de Seguridad, a amenazar al director de Proceso si publicaba una nota que revelaba que Bartlett había usado policías mexicanos en Venezuela para rescatar a un familiar de una secta.

 

Qué decir de Muñoz Ledo, quien tiene una larga lista de impunidades y de saltos partidistas chapulineros en todos sus extremos. Ahora pide la renuncia del Presidente cuando sirvió a presidentes que sí colapsaron el país: Echeverría en 1976 con la devaluación, la amenaza de golpe de Estado y el golpe a Excelsior; con López Portillo y el colapso de 1981-1982; con Miguel de la Madrid y la entronización del neoliberalismo.

 

Y todos ellos junto a Gerardo Fernández Noroña, un chivo en la cristalería política, aceptando las reglas del sistema político priista con posiciones críticas que sólo han reforzado ese sistema.

 

La lista de promotores de la revocación obedece a la lógica electoral de López Obrador, quien ha pedido la renuncia de todo aquel que se niegue a sus caprichos. Es el mismo López Obrador que sorprendió al país declarándose a sí mismo como “presidente legítimo”, tomando posesión de su cargo en el Zócalo del DF, recibiendo la “banda presidencial” nada menos que de la escritora Elena Poniatowska y sentándose lindo y orondo en la Silla del Águila que tanto obsesionó a Pancho Villa y que Zapata dijo que sería la desgracia del país “porque cuando alguien bueno se sentaba en ella, al levantarse ya se había vuelto malo” y el tabasqueño presidente nombró a su gabinete presidencial -cómo de que no- y pedía que le dijeran “Señor Presidente” como aquel Nicolás Zúñiga y Miranda que decía ganarle todas las elecciones a Porfirio Díaz.

 

En este escenario de una élite política de cartuchos quemados se entiende que la propuesta de revocación y de un referéndum inexistente en la legislación mexicana es sólo una parte de la estrategia electoral de López Obrador y su partido para polarizar el estado de ánimo llevando al país a una verdadera “guerra civil” de perfiles políticos -hasta ahora- y de uso del voto como parte del discurso de odio.

 

El retorno de los brujos de la vieja política priista busca lo mismo que aquel famoso libro de 1963 que predecía una revolución en la civilización aunque lleno de misticismo, esoterismo y tentaciones fascistoides. Al final, López Obrador y fieles acólitos del viejo régimen sólo quieren eso precisamente: la restauración del viejo régimen priista.