Fotos: Gretta Hernández

Rocanrolear a los 60

La idea de cumplir 60 años la asustó, pero superó el impacto con la fiesta “rocanrolera” que le organizó su hija, en la que cantó y bailó toda la noche. Dos años después, Clotilde Briz, una de las propietarias del restaurante El Cardenal,  se aventuró con su sobrino y asistió al concierto de Paul McCartney en el Zócalo, donde brincó hasta el cansancio.

 

“Agarras tu segundo aire porque ya tienes toda la experiencia del mundo y tienes toda la fuerza para seguir haciendo cosas. Yo me siento igual que cuando tenía 20 años, pero con más experiencia”, asegura.

 

A los 16 años comenzó a limpiar mesas y lavar platos en el entonces pequeño restaurante de sus padres. Hoy, cinco décadas después, Clotilde Briz es una de las dueñas del lugar ubicado en la calle de Palma, en el Centro Histórico.

 

Todos los días acude para supervisar que la cocina funcione correctamente y que los clientes reciban la atención que se merecen. Sus manos y sus ojos revelan a una mujer activa que no piensa en el retiro. “Nunca, jamás lo haré, aunque tenga que venir en silla de ruedas o en andadera”, dice mientras sonríe.

 

Trabajar desde niños en el sueño de su padre provoca en Clotilde y en sus cinco hermanos el compromiso de seguir pendiente del restaurante hasta el día que se muera, igual que lo hicieron sus progenitores. “Sólo la muerte nos puede retirar y allí ya no hay nada que podamos hacer”.

 

La lente no tiene edad

“El día que me retire yo creo que me muero”, dice María García sin soltar su cámara fotográfica. Durante algún tiempo sólo fue la esposa del reconocido retratista Héctor García, hasta que un día, alentada por Elena Poniatowska, hizo las imágenes para acompañar un reportaje de la escritora.

 

Muchos años pasaron desde entonces y María no para de tomar fotografías. En su bolsa carga una cámara digital con la que captura pájaros, flores, plantas, personas y todo lo que llama su atención cuando va por la calle.

 

En la Fundación Héctor García que dirige se encarga de mantener en orden el millón de negativos que conforman el archivo de su esposo, organiza exposiciones, colabora con otros fotógrafos; además está al cuidado de Héctor, retirado desde hace siete años por enfermedad.

 

“Siempre estoy ocupada. Tengo ganas de trabajar, soy inquieta, tengo curiosidad, quiero hacer más cosas”, dice mientras manipula la cámara fotográfica que no soltó durante la entrevista en su oficina de la fundación.

 

La parálisis facial que padeció hace algún tiempo no la detuvo en sus actividades. Se levantó de la cama y reorganizó su vida, sus fotos, sus gustos, aunque la enfermedad le dejó algunas secuelas en el cuerpo.

 

María no piensa en el retiro. Aunque no revela su edad, asegura que todavía tiene muchas cosas por hacer como para encerrarse en su casa.

 

Hacer negocios a los 70

 

Los negocios siempre han sido parte de su vida y a los 70 años no piensa en hacer otra cosa que más negocios, ahora en bienes raíces. Mantenerse activo es fundamental porque “no te oxidas”, dice Fernando Athié, el empresario de origen libanés cuya historia de vida fue retomada por su propia hija, la escritora Laura Athié, en el libro “Tejedora de Historias”.

 

Él mismo narra que empezó a trabajar desde que tenía 13 años y a los 18 comenzó su primer negocio formal con una granja de pollos que después vendía en mercados públicos, o a supermercados y en una rosticería de su propiedad.

 

Pero Fernando fue más allá. Al mismo tiempo empezó a comprar casas o departamentos que pagaba en abonos. Así entró en el negocio de las bienes raíces, aunque en ese momento no lo consideró como una forma de vida.

 

En alguna ocasión compró un camión de carga de químicos, un negocio que –dice- no terminó muy bien; también vendió “chácharas” que traía de Estados Unidos y adquirió varias naves industriales en Azcapotzalco.

 

Después de años de trabajo, Fernando optó por las bienes raíces como su modo de vida. “Es atractivo, compras un departamento, lo arreglas, lo vendes. Estás activo y no te oxidas”.

 

Fernando no aparenta la edad que tiene, y es que el trabajo no es lo único que lo mantiene ocupado además hace ejercicio, come saludable y no padece ninguna enfermedad de esas que se achacan a las personas de su edad.

 

“Voy a jugar dominó con gente de mi edad. Y de lo que más preguntan es si tú todavía puedes sin Viagra; yo opté por decirles que yo también ya no, nada; si les dices que no tomas nada de eso, hasta les caes mal”, dice mientras se suelta una carcajada.