24 años llorando la misma lágrima: si algo tienen en común quienes en 1994 jugaban con quienes en este 2018 lo hacen, quienes en aquel momento alentaban con quienes continúan viajando en decenas de miles, los niños que entonces creímos con los que ahora se lo han permitido, en haberse atorado en esa misma barrera.

El Giants Stadium ya ha sido demolido, pero persiste en la mente tricolor un trauma contraído ahí el 5 de julio de 1994: el día recordado porque Miguel Mejía Barón se guardó los cambios, contempla a nuestro destino negado a cambiar: de octavos eres y de octavos serás.

Somos los reyes de la primera ronda, lo mismo que los dolientes de los octavos de final; somos los mejores de los partidos prescindibles (porque lo que no se hace en uno, bien se puede compensar en otros dos), así como los peores en los definitorios (en toda nuestra historia mundialista, apenas una victoria en ronda de vencer o morir); somos los dueños únicos y fundadores del extraño club de los cuatro partidos.

Esta vez hasta para ser eliminados hemos sido singulares e impuntuales: la salida tricolor de Rusia 2018 se consumó este lunes en Samara, en la frontera con Kazajstán, mas ya había comenzado desde al menos cinco días antes, en Ekaterimburgo, en la ventana a Siberia, cuando fuimos incapaces de empatarle a Suecia. Nada nuevo, la inconsistencia del futbol mexicano, el desperdiciar lo que se tiene a mano, el no rematar la faena.

Ser líderes de grupo y eludir a una potencia en la siguiente ronda no garantizaban al Tri éxito alguno (finalmente, en tan dilatada lista de derrotas en octavos de final, de todo ha tenido que haber, como Bulgaria en 1994 y Estados Unidos en 2002). Sin embargo, se parte de la premisa de que en todo deporte el talento suele decidir y de que la perspectiva de triunfo crece frente a quien no es superior. Dicho eso, parece obvio que frente a Suiza hubiera sido más factible que bastaran la indudable garra y espíritu de sacrifico de este grupo. Tan distinto, contra Brasil hemos sido intensos y aplicados, hemos disputado la primera parte con personalidad y sin amilanarnos, mas de nada ha servido en cuanto quienes saben jugar han mostrado la triste diferencia.

A eso se añaden decisiones tácticas difíciles de comprender, como otorgar la titularidad a una innegable leyenda, pero próxima a cumplir cuarenta años, cuando la sensación térmica era de 35 grados y, sobre todo, resultaba necesario marcar a bólidos que estaban naciendo cuando Rafael Márquez ya era jugador profesional.

Luego viene nuestra depresión futbolística: por la razón que sea, nuestra selección padece más de lo que debiera al encajar un gol. Ha sido anotar Neymar para que todo se desplomara: lo mismo derrumbe de ánimos que músculos, en automático el Tri dejó de creer, como si en la anotación adversa se incluyera la despedida del torneo, como si asumiéramos que meter goles no es lo nuestro, como si supiéramos que era inútil insistir, que nada ya se podía hacer

Hemos salido de Rusia 2018 tal como de Estados Unidos 94: igual pero peor, porque los años pasan y cíclicamente nos confirmamos incapaces de rebelarnos contra esa aparente condena, porque el niño que lloró en Nueva Jersey hoy ha visto por lo mismo a su hijo llorar.

Así iremos al siguiente Mundial, esforzándonos en convencernos de que se puede, de que hemos aprendido, de que ya estamos listos, aunque conscientes de que, si sucede, habrá de ser por mera probabilidad y no porque se haya trabajado mejor.

Twitter/albertolati

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