Acaso porque ya todo lo tiene y repetido, acaso porque ha saboreado más de cada amor y riqueza que nadie, por lo que sea, el malcriado y omnipotente rey de Europa se presentó en Kiev obstinado en alcanzar la misma gloria, pero por otro camino: prohibido repetir sendero o, valga la metáfora erótica, posición.

Experimentado el más utópico y sádico milagro en Lisboa en 2014 (empate al minuto 93), padecida la más estoica supervivencia en Milán en 2016 (penales con medio equipo acalambrado), degustado el futbol de la más alta cocina en Cardiff en 2017 (baile a la Juventus en un segundo tiempo memorable), algo distinto debía utilizarse para conquistar esa nueva cúspide de un Olimpo al que sólo el Real Madrid y nadie más que él, tiene acceso. Nada raro lo de demandar más intensas emociones en quien ya vivió demasiado, nada rara la creciente necesidad de mayores dosis de adrenalina, nada raro que un ser aburrido de tanto gozo convencional se asome al masoquismo.

Descartado algo más radical como saltar a la cancha descalzos o jugar sin portero, los merengues pensaron en lo poético que sería ganar sin jugar, o casi; teatro del absurdo en el que Godot llegará precisamente porque no es invocado ni esperado. Podemos imaginar a los cracks blancos confabulándose en el vestuario ucraniano: esa noche el quirúrgico Toni Kroos erraría pases, esa noche el certero Sergio Ramos sería superado por alto, esa noche el infalible Luka Modric perdería balones, esa noche el clarividente Isco se quedaría a obscuras, esa noche el voraz Cristiano Ronaldo se marcharía sin gol, esa noche el Madrid demostraría que no sólo es capaz de imponerse siendo superado, sino incluso convirtiendo esa aparente superioridad rival en parte de su macabro plan.

¿Y al final? Al final, hoy como en los años cincuenta, siempre gana el Real. Gana, porque como ninguno de sus contemporáneos, como poquísimos de sus antecesores, sabe ganar: la Champions es eso que pasa mientras el Madrid se corona.

Hegemonía que eleva a este bloque a lo más alto en la historia del futbol a nivel de clubes; codeándose sólo con tres dinastías de la dimensión del propio Madrid de Alfredo Di Stéfano, el Ajax de Johan Cruyff, el Bayern de Franz Beckenbauer, vale la pena aclarar: primero, que no basta con la suerte para trepar y luego instalarse en semejantes alturas; segundo, que esos equipos hoy sacralizados, también dispusieron de numerosas circunstancias y alineamientos de astros para prorrogar su reinado.

¿Hubiera sido diferente el resultado con Salah los noventa minutos? ¿Y sin la primera inmolación futbolística del portero Karius? ¿O sin el vuelo en soneto redentor de Gareth Bale? No importan las vueltas que se le den, viendo la hechura de este Real Madrid, es posible conceder que como sea hubiera encontrado una vía hacia la victoria, porque eso es lo que sabe hacer como nadie.

Dominarle sin anotarle es alimentarle, y Liverpool, como Bayern, como Juventus, como París Saint Germain, como Atlético de Madrid en otras finales, como infinidad de víctimas, puede hacer su grupo de autoayuda para desahogar sus pesares: te juro que sentí cómo ya no tenía pulso, te juro que yo mismo puse la llave con triple candado, te juro que hasta me llegó a inspirar compasión.

Tal vez por tan avasallante maestría en reinar sobre Europa, por convertir en asunto anual lo que para el común de los grandes acontece en promedio cada quince o veinte años, sus festejos hayan sido tan extraños: rebajados a implemento de negociación por el crack mayor de la legión.

Sólo en el Real Madrid, comprensiblemente adicto a sensaciones más extremas, el “vivieron felices por siempre” podía convertirse, todavía en pleno éxtasis y copa en mano, en “me pagan más o me voy”.

Twitter/albertolati

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