No se puede entrar a una carrera con tenis de concreto, y tal parece que es lo que hizo Ricardo Anaya, el candidato presidencial de la coalición Por México al Frente. Todo parece indicar que hay mucho, pero mucho más, en su archivo negro que la actual acusación por lavado de dinero que hoy por hoy se perfila como la punta del iceberg de una trama de corrupción azul que va a salpicar a todos a su alrededor.

Según cuentan en los círculos del poder real, el gobierno de Enrique Peña Nieto ya tiene documentada la ruta del lavado de dinero proveniente de los “moches” que Anaya y su grupo de diputados federales recibieron a carretadas de parte de gobernadores de todos los partidos que sobornaban a legisladores de San Lázaro para obtener recursos presupuestales para sus estados.

Es por esa razón por la cual Anaya y sus aliados le subieron al tono y de plano amenazaron con meter a la cárcel al presidente Peña Nieto con la intención de detener la ofensiva judicial que se le viene encima al abanderado de la alianza de los partidos Acción Nacional, de la Revolución Democrática y Movimiento Ciudadano.

Pero por lo que se ve, los amagos y gritos de Anaya y sus fieles no serán suficientes para detener la ofensiva que se les viene, porque no sólo se trata de quitarlo de en medio de la contienda presidencial, sino del cobro de la factura, por lo que desde Los Pinos y sus alrededores se ve como la traición del Joven Maravilla que apoyaron y patrocinaron para que operara en contra del grupo de Felipe Calderón.

La aplanadora priista se puso en marcha, y no se va a detener. Anaya rompió los puentes y todo poder del Estado y todos los muertos en su ropero le caerán encima, debido a que el propio Anaya en su desesperación amenazó al
Presidente, con lo que canceló por ahora cualquier posibilidad de acuerdo e interlocución.

A grado tal que el propio Andrés Manuel López Obrador descartó de plano cualquier acción contra el presidente Peña Nieto en caso de resultar ganador de los comicios del próximo 1 de julio; de plano dijo: “No busco venganza”. Con lo que dejó solo a Anaya en su pleito con el Gobierno federal, evidentemente porque en este momento el panista es su principal competidor y espera que el grupo de Meade-Peña lo saquen de plano de la contienda.

Y no es que López Obrador no tema que el siguiente en la lista de la ofensiva PRI-Peña-Gobierno sea él mismo, pero al parecer está confiado en el blindaje que le dan los puntos de ventaja en las encuestas y el apoyo ciego de sus fieles que sin importar que se exhiban sus coqueteos con el narco-crimen, dirigentes sindicales corrompidos o desertores de la derecha, se mantenga sin cambios.

Así, en lo que es apenas la intercampaña, el candidato del PANPRDMovimiento Ciudadano ya rompió interlocución con el gobierno y el PRI en un camino al parecer sin retorno, mientras que en una maniobra estratégica El Peje tiende puentes de diálogo con quienes hoy detentan el poder y el Gobierno de la República.

Las cosas como se ven no están definidas. La lucha por el segundo lugar sigue y será cada vez más encarnizada, así que no será de extrañar que cosas peores sobre Ricardo Anaya salgan a la luz porque son pocos, muy pocos, los políticos que en México llegan a estas alturas con un expediente limpio y honesto y que son en verdad a prueba de los misiles políticos.

Hay que ver si Anaya resiste, pero no se ve cómo pueda librarse de la sombra de la corrupción azul de los moches y el lavado de dinero con operaciones inmobiliarias. Y es apenas el primer round.

JNO