Shock, estupor, rasgamiento de vestiduras son los términos más apropiados para resumir la reacción del país galo al último informe PIRLS (Estudio Internacional de Progreso en Comprensión Lectora). Éste sitúa a los niños franceses de entre nueve y 10 años en el último lugar de toda Europa (sic). La misma Francia que desde finales del siglo XIX exporta orgullosamente su modelo de escolarización pública, laica, obligatoria y gratuita, la patria de Voltaire donde el colegio, la razón y los libros son más santificados que el “foie gras”, se sumerge de pronto en un baño de humildad. Resulta que los pequeños franceses, en cuyo país un potente ejército de casi un millón de personas trabaja arduamente en el sector educativo, muestran las peores habilidades básicas para desarrollar la comprensión lectora en El Viejo Continente.

 

Dicho estudio se lleva a cabo cada cinco años, desde 2011, y evalúa a los niños en el momento de la escolarización cuando ya han aprendido a leer y ya están leyendo para aprender.

 

En el PIRLS 2016, el equivalente para primaria del informe PISA, participaron 50 países (México no figura entre ellos). ¿Quién lidera la tabla? Rusia, con 581 puntos, seguida de Singapur (576). En la Unión Europea, los primeros tres campeones son Irlanda, Polonia y Finlandia. Cierran la lista Egipto y Sudáfrica.

 

¿Qué pasó? ¿Qué hay detrás de la mediocridad en la que se instaló el nivel del alumnado en Francia donde –¡oh, paradoja!- teóricamente se pone el acento en la competencia lectora y donde el gasto público dedicado a la educación es el segundo más importante de la Unión Europea (120 mil millones de dólares, es decir, casi 9.5% del PIB)?

 

Por un lado, tenemos la deficiente formación del docente; por otro, el abandono del método silábico de lectura inicial. Pero hay algo aún más importante: la cada vez más difícil integración de la población africana que domina los barrios más desfavorecidos del país.

 

No hay que ser experto en sociología de la migración para darse cuenta de que en ciertos suburbios parisinos, los niños, en lugar de ir a la escuela, se dedican a llevar drogas de una calle a otra. Existen guetos musulmanes donde los chavos migrantes o franceses de segunda o tercera generación, procedentes del Magreb, no se sienten cómodos al usar la lengua de Molière, ya que prefieren comunicarse en árabe. Ahí la exclusión social está a la orden del día; la exclusión, la rabia, la suciedad, el abandono, las ganas de vengarse. La semilla del odio del “francés administrativo” contra el llamado “francés cultural” germinó hace mucho en esas áreas que tantas veces actuaron como criaderos del islamismo radical.

 

La Policía no puede entrar a esas barriadas conflictivas, denominadas eufemísticamente ZUS (Zonas Urbanas Sensibles), sin que se armen broncas campales. Cerca de seis millones de franceses, la mitad de ellos migrantes, viven en esos “territorios prohibidos de la República”.

 

Observamos un estrepitoso fracaso del modelo de integración a la francesa. Se descuidó durante largas décadas el drama de los hijos de migrantes musulmanes originarios de las ex colonias francesas. Hoy ya es demasiado tarde para cortar el nudo gordiano.

 

En su polémico best seller, El suicidio francés, el periodista Éric Zemmour defiende la tesis de que Francia va camino de la destrucción cultural y económica por culpa de la muy mala gestión migratoria. Hace mil 700 años ésta acabó con el Imperio Romano.

 

Otro libro que conquistó las librerías, en este caso se trata de una novela, la mundialmente famosa Sumisión, de Michel Houellebecq, plantea la posibilidad de que un partido musulmán moderado llegue al poder en Francia en 2022. Es poco probable que el controvertido texto de Houellebecq sea utilizado en pruebas de comprensión de lectura en primaria. Dejemos que lo analicen con calma los que ya están en la prepa.

 

Sumisión vio la luz el 7 de enero de 2015, el mismo día del sangriento atentado islamista contra la revista satírica Charlie Hebdo.